18
feb
El secreto de la oración

Deuteronomio 28:1 Reina-Valera 1960 (RVR1960)

Acontecerá que si oyeres atentamente la voz de Jehová tu Dios, para guardar y poner por obra todos sus mandamientos que yo te prescribo hoy, también Jehová tu Dios te exaltará sobre todas las naciones de la tierra.

 

 

Constantemente hablo acerca de lo importante que es el diferenciar entre el pedir, el rezar y el orar, para que las personas no se confundan acerca de porqué no reciben aquello que piden y que no culpen a Dios de aquellas cosas que pasan o no pasan en sus vidas.

Ir a la presencia de Dios a pedir, es simplemente eso, ir delante de Él y exponer nuestras necesidades, nuestros anhelos, nuestras súplicas y esperar que en algún momento nos responda no en palabras, sino con aquello que pusimos delante de Él.

Rezar, tal como el diccionario lo indica es el repetir de manera literal y mental una frase con intención espiritual, pero no es una condicionante esto último.

Orar por su parte tiene que ver con una plática, una charla, un dialogo entre amigos, es decir, son 2 personas las que hablan, la pregunta difícil sería: de qué es lo que hablaríamos con Dios que no fuéramos acerca de nosotros mismos?

He ahí el detalle, normalmente no esperamos una respuesta de Dios, por tanto nos es difícil el escucharle y cuando pretendemos escuchar su voz, normalmente no nos interesa lo que nos tenga que decir, normalmente esperamos una respuesta específica y cuando esta no llega del modo que esperamos, culpamos a Dios de no escucharnos o entramos en el dilema de que somos incapaces de escuchar su voz, cuando en realidad, estamos cerrados a cualquier cosa que no sea aquello que esperamos escuchar, le ha sucedido?

Es por ello que la Biblia habla tanto acerca del orar y poco del pedir y nada del rezar, pues ese es el orden que Dios estableció, Él pretende que le hablemos, pero también que le escuchemos y sabe, si lo observa detenidamente, en ninguna ocasión Dios le habló a ninguno de los hombres y mujeres de la Biblia acerca de lo que pedían o esperaban, siempre habló acerca de lo que Él ya había planeado y de como aquello que hablaba hacía que su Reino fuera mas glorioso, aún la respuesta a Abram acerca de su hijo, no tuvo que ver con la petición de Abram, sino con la creación de un Pueblo, es decir, Dios tomó el anhelo de Abram y le dio su toque personal (el de Dios) y le dio un propósito eterno y se lo regresó.

Esto me lleva a pensar que a veces no recibimos aquello que pedimos porque sin el toque de Dios, nuestra petición se ve chiquita y nos estamos quedando cortos en el pedir, piénselo de esta manera, Abram solo quería un hijo y Dios le dijo que su descendencia sería tan basta como la arena que rodea el mar, uff!

Y con esto no le quiero decir que Dios cumplirá todo aquello que pedimos, es por ello que tenemos que aprender a orar, tenemos que estar dispuestos a escuchar su voz y entender que es lo que planea para nosotros, y cómo es que planea llevarlo a cabo y cómo es que estaremos involucrados, lo nota, es mas completo y mas complejo de lo que pudiéramos pensar de entrada, no lo cree?

Por mas vueltas que le dé al asunto, el secreto de la bendición se encuentra en el escuchar la voz de Dios, y ese es el verdadero acto de fe, es decir, fe no es creer que Dios nos dará lo que pedimos, fe es creer lo que la Biblia dice acerca de Dios y una de las cosas que mas claras nos quedan es que Él esta vivo, quiere tener una relación cercana con nosotros y lo mas importante, es que cada vez que nosotros le buscamos y aún cuando no lo hacemos, nos quiere hablar y quiere que le escuchemos.

Me puede fascinar la cita de hoy, hace semanas que medito en todo el capítulo 28 del libro de Deuteronomio, pero note como empieza con un “si oyeres la voz de Dios”, genial, que no?, Dios mismo nos dio el secreto!, todo lo que necesitamos es escucharle y de ahí toda nuestra vida se hace mas fácil.

Se que la siguiente pregunta que usted me hará es: y cómo escucho la voz de Dios?, aunque usted no lo crea es más fácil de lo que cree, lo primero que tiene que hacer es querer, pero no querer simplemente, sino estar dispuesto a que Dios le hable de lo que Él quiera y el tener la disposición de obedecer aquello que le diga, si no, para qué habría de hablarle, no lo cree?

Piense en esto, lo único que tiene que hacer para escucharle, es el separar un tiempo y probablemente un lugar especial para encontrarse con Dios, tal como lo haría con un amigo o amiga especial, un lugar que asegure que ambos están cómodos y que las condiciones para platicar son las óptimas y luego es solo cuestión de darle oportunidad a Dios de comenzar la plática.

De que será fácil, le aseguro que las primeras veces no lo será y sabe por qué?, porque nuestra alma no está acostumbrada a ceder el lugar al espíritu, es decir, no podemos escuchar a Dios por medio de nuestros pensamientos y sentimientos, sino con nuestro espíritu, por tanto, tenemos que practicar el dar paso a esa otra voz dentro de nosotros, para que tome control de la situación, hasta que nos aseguremos que es Dios quien nos habla y no nuestras ideas.

Le animo a que lo intente, le animo a que su fe se base en lo que Dios habla y no en lo que usted cree acerca de Dios, una vez logrado esto, nada le detendrá y su vida será tal cual lo prometen los primeros 14 versículos del capítulo 28 de Deuteronomio.

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